viernes, 10 de noviembre de 2017

Relato erótico: La tejedora infinita

...Me desperté cuando noté la presencia a mi lado. El fuego crepitaba en la chimenea, más vivo que nunca, y ella, porque se trataba de una mujer, una bellísima mujer desnuda, además, estaba de pie, dorada por el fulgor que cambiaba de color sobre su piel perfecta. Me senté en la cama y me froté los ojos. Es un clásico, lo sé. Pero necesitaba comprobar que no soñaba. 

Era rubia, muy hermosa, con unos pechos magníficos, plenos y alzados, de pezones color miel. El culo esbelto y respingón, el vientre musculoso, el sexo perdido entre los muslos fuertes, sin asomo de vello. Dio un par de pasos hacia mí y se arrodilló para abrirme las piernas. El falo estaba tieso incluso antes de que pensara en él. Lo aferró con las dos manos y lo untó de saliva antes de lamer el glande, introducirlo en la boca, succionarlo, soltarlo y atraparlo con una presión justa mientras las manos ardían masturbándome el tronco inflamado y varios dedos jugaban con mis pelotas.

Se sentó sobre la verga para empalarse hasta que sus pechos estuvieron al alcance de mi boca. Pude haberme alimentado de ellos el resto de mi vida. No lo hice. En cambio, la besé en la boca, en el cuello, le lamí las orejas mientras ella subía y bajaba, parecía a punto de soltar amarras y volvía a enfundarse hasta el fondo para manear...


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