martes, 31 de octubre de 2017

SEXO Y GANAS

El sexo y las ganas tienen tanta importancia a los veinte como a los setenta años. Es decir: el sexo no funciona si no hay ganas de complacer al otro y, a su vez, de ser complacido. Es frecuente que se atribuya al exceso de trabajo, al estrés por las vicisitudes de la vida cotidiana, a algún percance coyuntural que se hace más o menos crónico o a la consabida neurosis, sobre todo urbana, con la que el mundo actual infecta a los seres humanos, esa maldita falta de ganas. 

La idea de que las ganas pueden diseñarse para que funcionen de acuerdo a los apetitos de la pareja no es un disparate voluntarista. Siempre que la pareja esté unida, la relación sexual, el vínculo del sentimiento con su explosión carnal está en condiciones de mejorar, de construirse, de formarse para que el placer gane en la competencia contra la fatiga o los diferentes pretextos con los que el sexo se ve desplazado y se suceden sus consiguientes daños colaterales.

Pongamos un ejemplo. El hombre llega a su casa y se encuentra a la dama dormitando en una estera, bajo el sol, en bikini. No parece difícil que él se desnude, se aproxime, le bese el cuerpo, le quite la prenda escueta, se aventure entre los muslos, le prodigue un cunnilingus...


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